El derecho a la existencia del “otro”, del diferente al supuesto habitante “estándar” de los Estados, parte de la propuesta tramposa de aceptarlo con la condición de que deje de ser lo que es: si el otro renuncia a sí mismo puede ser considerado como mi conciudadano e incluso, eventualmente, como mi semejante. En esta lógica perversa reside, precisamente, la “captura” del indígena como mano de obra regalada (ojalá pudiéramos decir barata) y la cada vez más creciente pérdida de sus valores y cosmovisión.
Porque finalmente de lo que se trata es de aceptar y convivir con este otro que tiene otros modos: otra forma de entender la economía, la justicia, la cultura, la educación.
Ciertamente, este debate tiene infinidad de matices, y más allá de que existen autores que se encuadran en uno u otro extremo, también existen aquellos que intentar adoptar una postura intermedia, destacando las ventajas de seguir defendiendo desde una postura liberal el ejercicio de determinados derechos, pero sin dejar de destacar la importancia que para el individuo reviste la membresía a un grupo étnico.
Si no reconocemos derechos diferenciados que surgen de las propias diferencias de estos pueblos, el Estado no podrá garantizar una inserción plena, que reduzca la vulnerabilidad de los grupos afectados, y que les de cabida dentro de un marco democrático de interacción.
más profunda (como lo es la vigencia de los derechos humanos), pero lo cierto es que hoy es impensable concebir un Estado de Derecho "genuino" que no implique el respeto a la diversidad.

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