El pasado 21 de Febrero tuve la oportunidad de visitar uno de los ejemplos más grandes del amplio legado histórico y cultural con que cuenta el país de la eterna primavera, Las ruinas de Iximche[1], capital de los Cakchiqueles fundada alrededor de 1.470 por los gobernantes Juntoh y Vukubatz, al pie del monte Ratzamut por hondas barrancas en las que corren los ríos El Molino y Los Chocoyos, afluentes del Madre Vieja.
Ubicadas en Tecpán, departamento de Chimaltenango y a pocos minutos de la ciudad de Guatemala, las ruinas de Iximché son un agradable destino turístico por su clima que se combina en perfecta armonía con la naturaleza del lugar y que es aprovechado para la celebración de rituales mayas.
La visita que efectuamos los estudiantes de Maestría de la Universidad Francisco Marroquín, dirigida por el Dr. Estuardo Zapeta coincidió con un ritual muy importante, la primera salida del año 5125 según el calendario maya. Este nuevo año maya comenzó con fuertes vientos y frío, como corresponde al cargador que regirá los próximos 365 días: Iq’, el viento.
Con antelación, sacerdotes y sacerdotisas prepararon altares ceremoniales para darle la bienvenida al Sol en su primera salida del año. Para la ceremonia, los sacerdotes y sacerdotisas colocaron en el altar velas, miel, tabaco, y otras ofrendas que cada uno llevó al sitio, las cuales se queman una vez invocadas todas las fuerzas de la naturaleza. Cuando las llamas comenzaron “su baile en la hoguera”, los guías espirituales danzaron alrededor del fuego sagrado, al tiempo que daban gracias por la llegada del nuevo período.

El último punto de la ceremonia consistió en la invocación de los 20 nahuales de la cosmovisión maya. Éstos son espíritus o fuerzas de cada uno de los 20 días del mes que marca el calendario de esa cultura, el cual determina las energías positivas y negativas de las personas que han nacido en esos períodos.
El asistir a este ritual y a este lugar tan imponente en realidad me hizo ver que la impronta indígena en la cultura nacional continúa en el presente. La interaccion con las "etnias nacionales" motivan un permanente proceso de unión de razas.
El haberlos visto con sus convicciones y sus rituales me hace entender que los pueblos indígenas tienen mucho que enseñar a los hombres modernos. Quienes hayan tenido el privilegio de conocer poblados indígenas que se mantengan al margen de la contaminación de los "progresos" , habrán observado, como lo hicimos nosotros , que la mayoría de los indígenas son seres que se encuentran en un estado de virginidad envidiable; que se respetan los unos a los otros de una manera que no es posible ver ya en nuestras ciudades modernas; que son hombres humildes, pero con una dignidad que ya no existe "ni en las mejores familias" ; y que son seres humanos verdaderos, que comparten con su prójimo sus alegrías, sus tristezas y sus pocos haberes materiales.
Definitivamente los conceptos estéticos indígenas, no solamente los prehistóricos sino igualmente los contemporáneos, han contribuido cada vez mas a darle individualidad y contenido a la obra artística guatemalteca.


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